martes, 14 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 36


Al poco tiempo el espadero estaba adaptado a su nueva circunstancia vital. Hombre a quien encantaban los niños, no dudaba en perder media hora de su tiempo, dejando el martillo y la tenaza, para satisfacer los deseos de algunos pequeños, como era el pasear a lomos del mulo. Con sus poderosos brazos elevaba uno por uno hasta a media docena de chicuelos encima del sólido espinazo de la bestia, y con gran delicadeza los llevaba y traía dándoles una vuelta por la Plaza entre las sonrisas de las abuelas que, asomadas a los umbrales de sus casas y apantallándose los gastados ojos con la mano, los veían pasar con gestos de satisfacción.



Era Bernardo de Oliver hombre de cierto atractivo para las mujeres, aunque no se sabe de que estuviera casado. Que llegó muy pronto a hacer vida normal en Castilleja lo demuestra el siguiente documento, que denota una continuación integral en su oficio ya solamente un mes después de su llegada al pueblo.

Concierto. Bernardo de Oliver, maestro de hacer espadas, vecino de Sevilla en la collación de Santa María y morador en esta Villa, y Lucas Romero, maestro de amolar espadas1, vecino de Sevilla en dicha collación y estante en esta Villa, dicen que por cuanto tienen cierto concierto de tal manera que Bernardo se ha obligado a darle a Lucas desde hoy hasta quince días siguientes una espada forzada hecha a su costa (de Bernardo) para que se la amole con unas piedras de amolar espadas, por precio cada una espada que le amole de dos reales de plata, y pasados los quince días en adelante hasta un año cumplido se obliga a darle dos espadas forzadas para lo mismo, que le dará por cada dos espadas cuatro reales de plata, y que si algún día de los quince faltare Bernardo de darle una espada forzada que Lucas dé y pague los dichos dos reales por cada un día (en resumen, que pagará a Lucas lo mismo en el caso de que no le lleve espadas). Y asimismo emplaza a Lucas para que se las amole o pagarle los dos reales en quince días o los cuatro hasta el año. Y para cumplir lo acordado, ambos dan poder a los Jueces y Justicias, etc., y obligan a ello sus personas y bienes, etc. Domingo, 25 de septiembre de 1558, en las casas de Miguel de las Casas. Testigos, Salvador Perez (auxiliar del anterior escribano y autor de la crónica oficiosa de la Villa), Pedro de las Casas (hijo del escribano Miguel) y Diego Martin (abrev. Dº, quizá Jº, por Juan Martín Haldón, el zorzalero). No firmó por no saber escribir. Miguel de las Casas, escribano del Concejo.

1.- Amolar, alisar, pulir, afilar, abrillantar. La producción de un instrumento tan importante en la época como era la espada exigía una especialización para cada una de las labores. Bernardo se limitaría, a partir de una pletina en bruto, a forjar la hoja y a labrar la espiga donde iría encajado el puño, templando el acero y dándole las características de su particular y secreto saber; no había dos espaderos iguales en ese sentido. Luego intervenían los amoladores, los ensambladores de empuñaduras, los constructores de vainas y los talabarteros. En los talleres de los maestros de amolar existía menos personalismo que en las forjas de los espaderos. No había espacio para la creatividad. Eran recintos situados en sótanos o en zonas bajas, casi siempre en las proximidades de una corriente de agua suficiente como para mantener lleno el depósito, cuyo líquido proporcionaba en cascada la fuerza motriz requerida para hacer girar las ruedas hidráulicas. Hay que suponerlos insalubres, rezumando humedad, faltos de luz y ventilación y extremadamente ruidosos, con los chirridos del roce de las muelas de piedra arenisca contra las hojas de acero. En un mismo eje principal podían funcionar hasta seis muelas, con sus correspondientes puestos de trabajo. Sobre estas piedras giradoras se vertía un chorrito de agua para propiciar el desbastado refrigerando los elementos, lo cual originaba un encharcamiento que sumado a las filtraciones de muros obligaban a los operarios a utilizar botas impermeables de baqueta. El acicalado — o sea, pulido o abrillantado— se conseguía adhiriendo con cola a otro tipo de ruedas de sauce o nogal polvo fino de material abrasivo, obtenido machacando el esmeril en piedra en morteros de mano de hierro colado.
Lo que dice don Mariano Gambín García en referencia a los molinos de caña de azúcar en las Islas Canarias es aplicable a talleres como el del sevillano maestro de amolar Lucas Romero, socio de nuestro armero Oliver:

"El molino [del ingenio de azúcar] consistía en una gran rueda movida por agua a presión... . El agua llegaba al molino desde su fuente a través de acequias o canales de manpostería y de madera, y se almacenaba en un albercón o cubo colocado en zona de máxima pendiente, desde donde se precipitaba hacia la rueda del molino, haciéndola girar con su fuerza. Esta rueda tenía unas palas cuyo giro, transmitido por ejes de madera reforzados con hierro y cobre, movía una piedra circular... ". Revista de Historia Canaria, nº 190, año 2008, pág. 73. Universidad de La Laguna.

Mas nosotros aprovecharemos este eventual desplazamiento a las Islas Afortunadas para ir esbozando las genealogías de dos personajes castillejanos relevantes: Miguel de las Casas y Hernando Jayán. Tenían en común orígenes, o antepasados directos, en las Islas. En concreto, el padre de Miguel ostentó en el archipiélago funciones burocráticas de cierta entidad, habiéndose visto envuelto en conflictos con el Santo Oficio de la Inquisición isleña por actividades judaizantes. Al igual que el padre de Hernando Jayán, también señalado por el dicho Tribunal por idénticos motivos. Es lugar común y sabido que muchos perseguidos por la Inquisición en Andalucía, cuyas actividades opresoras estuvieron en pleno auge en nuestra región a principios del siglo XVI, optaron por huir emigrando a las Islas, donde por aquel entonces el deshumanizado Tribunal todavía no estaba completamente implantado. Desarrollaremos en un futuro próximo las historias insulares referidas, considerando desde ahora que Miguel y Hernando en Castilleja debían tener una relación concreta, habida cuenta del lazo que unió a sus predecesores.



De manera que ya tenemos a Bernardo de Oliver en pleno ejercicio de la actividad que le proporcionaba su sustento. Había alquilado una casita en la divisoria del Señorío del Conde don Pedro con la Calle Real, probablemente en la calle de las Carnicerías (hoy calle de Hernán Cortés), o mas abajo hacia los terrenos que luego ocuparía el convento de los franciscanos. Contrató a un muchacho que le sirviera al fuelle e hizo traer desde la collación de Santa María la Mayor en Sevilla, su lugar de residencia y trabajo, todos los aparatos y herramientas necesarios, cargados en un carretón bueyero. Su nuevo amigo Haldón le auxilió en manera muy precisa y completa para llevar a cabo las diligencias respecto a la instalación del taller en su nueva ubicación, acompañando a la galera en su lento desplazamiento y llevándole sus espadas al taller de amolar, entre otros desinteresados servicios. Entonces la Calle Real ofrecía un aspecto muy diferente del que conocemos ahora; entorpecían el tránsito agudas aunque cortas cuestas, apenas aliviadas por algún rellano (a la altura de la Iglesia de la Inmaculada o en la salida hacia Gines) en los que, a modo de descansaderos, las monturas, las bestias de tiro o los porteadores de andas y literas podían recobrar el resuello.

Hasta al menos el siglo XVIII no se acometió el allanamiento, a pico y pala, que nivelaría el trayecto, salvando las jorobas, hondonadas y elevaciones del terreno que convertían el Camino Real en un tobogán a su paso por el centro del pueblo. Desde entonces se ofreció el panorama de la capital y la Vega ya desde la entrada occidental tal como lo disfrutamos ahora, puesto que antes quedaba ocultada ora sí y ora no por los badenes descritos. Producto de dicha nivelación dieciochesca fueron los acantilados a un lado y otro de la Calle, patentes especialmente a su entrada y salida y conocidos por la denominación popular de "Barranquillas" durante los siglos XIX y XX. Muchos vecinos de la noche a la mañana se encontraron precipicios a la puerta de sus casas merced a la labor de los topógrafos del Siglo de las Luces. El autor de esta historia recuerda en su niñez el vértigo que le ocasionaba aquellas alturas, ornadas de hierbajos y cicatrices de senderillos de cabras (todavía la Calle era cañada mañanera y vespertina de interminables rebaños de cabras, ovejas y vacas que iban o venían de pastar). El desmonte y Las Barranquillas impidieron la comunicación que, cuando estaban al mismo nivel, se daba entre las casas y haciendas de una y otra hilera. Para acceder a la carretera los vecinos labraban rudimentarios y empinadísimos escalones desde las puertas de sus domicilios, escaleritas angustiosas ribeteadas de macizos de geranios y romero entre los que discurrían los canalillos de aguas residuales que desde los hogares se precipitaban en las cunetas. Conocimos un caso concreto de una víctima de estas deleznables faltas de higiene: cuando niño resbaló junto a una barbería cuyo titular vertía las bacinillas al barranco, y se hirió en la frente con una piedra del sucio arroyo. No consiguieron los médicos detener la infección y después de varias operaciones le quedó el rostro totalmente deformado ya durante toda su vida.
De esta forma, esa Calle Real que alguien ha denominado metafóricamente como "El Río" distaba mucho de serlo en anterioridad al Siglo de las Luces, cuando no ofrecía, ni muchísimo menos, el aspecto de vaguada o canal que hoy muestra. Varias calles "afluentes" también fueron talladas artificialmente buscando sus nivelaciones sobre todo en los tramos inferiores, como son las actuales Doctor Fleming, García Babio o Diego de los Reyes en su extremo occidental.

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