viernes, 23 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 31


No se esforzaron mucho los dos cuadrilleros de la Hermandad en capturar a los prófugos. Obviamente, llevaban instrucciones de Francisco de Contreras para actuar así, lo cual, al margen de las simpatías que profesaran hacia Juan Haldón y Alonso de Triana —o su complemento en odio a los Juanguren—, significaba para ellos un día de asueto, una agradable excursión a caballo por la comarca con un salario asegurado durante aquella jornada. Salieron bien pertrechados de botija de vino, chacina y pan, hacia Gines, preguntando desganadamente a conocidos y camaradas más por cubrir el expediente que por otra cosa, y cuidando de no dar cuenta a nadie de los delitos por los que buscaban a los dos hombres. Los caballistas intuían su paradero, por lo que eligieron la vecina Villa como punto de partida para, desde allí, enfilar la cómoda Cañada de los Isleños, calculando que al paso de las bestias, podrían alcanzar Mairena a media tarde, y estar de vuelta en Castilleja al anochecer.
Se cruzaron con pastores y harrieros malhumorados, embozados en sus capas para evitar la humedad del aire. Los ateridos animales expulsaban dos chorros de vapor en cada expiración, y las viñas desaparecían a pocos metros del camino, envueltas en la gasa blanquecina de la niebla.
Alguna noticia recabaron, tal y como suponían, de los transeúntes, pero no se molestaron ni tan siquiera en desviar la vista hacia las arboledas de los margenes del Repudio, percibiendo más con el pensamiento que con los ojos lo que hacían y dejaban de hacer sus paisanos emboscados. En una posada de la plaza de Mairena descansaron un rato, cuando ya la tarde clarificada devolvía la cotidianeidad del ser del sur a los aljarafeños, más hechos a las atmósferas limpias que a las extrañas y desorientadoras calimas.
Y ya noche oscura era cuando, cruzando el término de Tomares y zigzagueando por el laberíntico entramado de senderillos, cancelines, pasos e hijuelas entre huertecillos y viñas aledaño a la Calle Real, penetraron en ésta, y se dirigieron sin demora a casa del escribano para cumplir con la inevitable obligación de dar parte y constancia de los acaecimientos ocurridos en el cumplimiento de la misión que les había sido encomendada. Tenían la esperanza de que se repitiera el mandato de Francisco de Contreras al siguiente día, para embolsarse otros dos sueldos:

Y después de lo susodicho, en la Villa de Castilleja de la Cuesta en dicho día 4 días del dicho mes de noviembre y del dicho año de 1555 años, parecieron los dichos Juan Díaz y Cristóbal García, cuadrilleros de la Santa Hermandad, y juraron en forma de derecho que ellos habían andado a buscar todo el día hasta que era ya noche a los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, para los prender, y que no los han podido haber, y que han ido a Gines y Mairena y por este Alfarafe, y no han podido hallar rastro de ninguno de ellos, y que así era la verdad para el juramento que hicieron, en fé de lo cual que dicho es lo firmé de mi nombre. Juan Vizcaíno.

De esta forma terminó el revuelto y atrafagado 4 de noviembre en Castilleja de la Cuesta. Se apagaron los candiles y velones tras las ventanas y en el negro cielo, entre nubarrones pálidos, se encendieron algunas estrellas límpidas. Chimeneas con lánguidos penachos de humo, e imperceptibles resplandores rojizos en algún ventanal, denotaban aquí y allá, en las solitarias calles, al insomne o al enfermo que mantenía el brasero o el fogón avivados para enfrentarse a las silenciosas e interminables horas de la madrugada con la reconfortante sensación del calor hogareño.
Mas no todo era sosiego y paz: un foco de voces, golpes y entrechocar de jarros se dejaba sentir en el corazón del pueblo, en la Plaza pública; aunque los vecinos, ya habituados a ello, no se molestaban, para las autoridades era una preocupación aquel mesón fuente de conflictos y riñas casi diarios. Y hacia él se encaminaron Juan Díaz y Cristóbal García tras informar a Juan Vizcaíno de los resultados de su búsqueda y dejar las cabalgaduras en el corral del Concejo*. Pretendían los cuadrilleros poner el broche final a una jornada muy positiva para ellos, y de paso informarse y quedar al tanto de los acontecimientos ocurridos mientras habían estado fuera.
La taberna del mesón abría su entrada a la izquierda del portal, inmediatamente antes del patio que acogía a las monturas de los huéspedes y clientes no fijos, ya que los de esta categoría disfrutaban de derechos de establo, el cual se situaba al fondo de dicho patio. Si entramos en el comedor acompañando a los alguaciles, veremos tres o cuatro toscas mesas de madera oscura y desgastada por el uso, llenas sus tapas de inscripciones, fechas y dibujos tallados a cuchillo. El suelo es de tierra apisonada y ha sido barrido a conciencia recientemente. A la izquierda hay un ventanal que deja ver la Plaza, ahora reino de la tiniebla, y a su lado una chimenea de obra, tiznada su campana hasta el techo y en la que crepitan ardiendo tocones perfumados de poda de agrios chorreando resina oscura entre quejumbrosos chasquidos, como si de organismos vivos se tratase. Sobre la encimera mugrienta del fogón, un viejo gato dormita enroscado sin hacer ascos al hollín, y colgado encima de él, un candelero de tres brazos contribuye a iluminar el local con su trío de lenguas de fuego vacilantes. Junto al llar, el hueco de una estrecha y empinada escalera da acceso a dos piezas superiores, siniestras, adobadas de telas de araña y mal ventiladas, en las cuales media docena de catres con sucios colchones de tascos dan la remota posibilidad de recuperar fuerzas a los viajeros. Los dormitorios están encima de la cocina y de las habitaciones de los posaderos, y gracias a una galería de madera orlada por los retorcidos brazos de la consuetudinaria parra, se domina desde ellos la totalidad del patio, con su pozo central y el largo abrevadero. Mediante unas monedas, mucha discreción y a horas propicias, estaba dado a los huéspedes subir con alguna complaciente aventurera, autóctona o foránea.
Regresemos al comedor. Dos de las mesas están ocupadas por varios jóvenes cavadores extremeños, quienes tras la vendimia acuden secularmente al Aljarafe a ganarse unos jornales aderezando los viñedos para la próxima cosecha. Han terminado de cenar, y entre eructos, bromas e imprecaciones se disponen a iniciar una partida de naipes. En otra mesa un individuo de mediana edad sorbe sopa de una escudilla de barro manejando la enorme cuchara con parsimonia, hundida la cabeza en los vapores del caldo mientras que con la mano libre agarra con crispación media telera esponjosa, apretándola sobre las tablas como si temiera que alguien se la arrebate.
Las ordenanzas prohíben jugar a las cartas, pero la vigencia de la ley se puede suspender, y de hecho se suspende rutinariamente, obsequiando al alguacil con unos maravedíes o invitándole a participar —más emocionante— en alguna apuesta paralela al juego propiamente dicho. Los dos cuadrilleros se incorporan a la mesa de los extremeños y se inicia la partida.

* En el "corral del Concejo" se depositaban las caballerías, bueyes, vacas, ovejas, cabras, asnos o mulos de dueños desconocidos, acto que era conocido como "acorralar". Estos animales en ocasiones vagaban perdidos por el campo e incluso por las calles, en ocasiones eran recuperados de algún robo, y en otras eran capturados por el Guardia de las Viñas —cargo remunerado nombrado por el Concejo— y sus ayudantes cuando, en grupos más o menos grandes, hacían daño en los sembrados. Muchos de sus dueños, generalmente de Villas vecinas, eran así de despreocupados, y otros buscaban el alimento gratis aun a costa de arruinar a los campesinos. En ocasiones se introducía un hato de bestias en sembradura ajena solamente por venganza. Motivo constante de conflictos, generalmente violentos hasta la agresión sangrienta, era la invasión de una tierra por animales ajenos, y en particular las boyadas eran absolutamente devastadoras, comiendo, tronchando y arrancando a pezuñas y dientes cuanto encontraban a su paso.
Cuando el Concejo conseguía averiguar quién era el dueño del ganado acorralado, enviaba Carta Requisitoria emplazándolo a que lo recuperase, previo pago de la correspondiente multa y de las costas de su alimentación.
De no ser posible hallarlo, era frecuente que, en las épocas de carestía, los animales muriesen de desnutrición en el corral, tras enflaquecer miserablemente, porque la Justicia no podía hacerse cargo de su manutención.
En esta ocasión de los cuadrilleros de Francisco de Contreras, y en otras de estas características, la autoridad permitía el uso de algún rocín del corral que poseyese suficientes cualidades.

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Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...