domingo, 16 de agosto de 2009

Los esclavos 71

Nos proponemos ahora, antes de continuar con las aventuras de Antón y Juan Martin, dar cuenta de la existencia de una suerte de selección natural darwiniana puesta en ejecución por la maquinaria del tráfico de esclavos, maquinaria que, con el apoyo estatal, formaban sus captores, sus traficantes, sus vendedores y sus compradores y cuya manifestación más inmediata —de dicha selección natural— era la preponderancia de rostros bellos y cuerpos modélicos en el "resultado final", o sea, en la población esclava ya establecida y producente. Esto era comprobable a poco que se observara, en rápido muestreo, dicha población. Rostros ovalados de seres con bellos ojos llenos de misterio, con bocas de labios carnosos y dentaduras resplandecientes; cuellos airosos y flexibles, torsos espléndidos, manos señoriales; elegancia y fuerza, simpatía e inteligencia. Distinguíanse los esclavos entre la masa de ciudadanos comunes, además de por su color de piel, por el tipo de vestimenta, y aunque ésta variaba sustancialmente según la clase social de los dueños un denominador común la hacía resaltar con particular detalle: el colorido. Predominaban en sus atuendos los colores simples en verde, amarillo, rojo o azul, desde los sombreros, gorras o pañuelos de cabeza hasta los zapatos y calzas, medias o faldellines.
"Los Mandingos y los de Cabo Verde eran muy apreciados por su resistencia y robustez, que les hacían ser muy cotizados para trabajos duros [...]. Por el contrario, los procedentes de Santo Tomé por su fragilidad y disposición a la huida y los de Magarabomba por su corta estatura, eran menos tenidos en cuenta", nos dice José Luis Cortés López en su obra La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI.
En el contrato de compraventa de un esclavo se hacía especial hincapié en la carencia de "tachas", la cual carencia automáticamente hacía que se valoraba especialmente; y entre estas tachas, las que podríamos denominar "adquiridas" —ladrón, borracho, huidor, criminal— y las "genéticas" —endemoniado, con mal de bubas, con gota coral (epilepsia), hético (tísico), corcovado, cojo, etc.—. En contrato elaborado en la oficina del escribano del Concejo de Castilleja Juan Vizcaíno sobre la venta de una esclava a Juan Sanchez Delgado se dice de ella una tacha, la de geofagia, no muy frecuentemente contemplada en semejantes documentos. Veamoslo:
Elena Hernandez, honesta, vecina de la Ciudad de Sevilla en la collación de Santa María y estante en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, vende a Juan Sanchez Delgado1, vecino de dicha Ciudad de Sevilla en dicha collación de Santa María y residente en la Calle Real de la dicha Villa de Castilleja de la Cuesta, una su esclava de color moreno atezado, llamada Leonor, de veinte y cinco años de edad poco más o menos, marcada en la cara con una "S" y un clavo2, sin tacha ni de ladrona ni huidora ni hética ni endemoniada ni de ojos claros y no verdes3 ni mal de bubas ni come tierra4 ni [ilegible] por precio de ochenta y cinco ducados de oro. Dado en el corral de las casas que en esta Villa tiene Pedro de la Torre, que es dentro de esta Villa, su término, jurisdicción y Señorío, el martes día doce del mes de noviembre del año de mil y quinientos y cuarenta y nueve.

1.- Para Juan Sanchez Delgado, ver "Los esclavos 41j" —entrada de abril de 2009—, y "Rodrigo de Cieza 1" —entrada de noviembre de 2008—. Este personaje experimentó en los diez años siguientes al de la compra de la esclava Leonor un raudo ascenso social que revela su éxito con los negocios. Veremos más adelante como encarga construir un palacete en la Calle Real, dotado con lujos como embaldosados de mármol y galerías con columnas y arcos.

2.- La "S" y el clavo eran grabados a fuego en los rostros de los cautivos muy habitualmente, y se interpretaban como "Sclavo", esclavo.

3.- Se creía que los esclavos de ojos claros tenían disminuidas sus capacidades visuales, especialmente de noche y en la oscuridad.

4.- El fenómeno de la geofagia o comer tierra se sigue practicando en ciertas regiones hoy día, y ha sido muy poco estudiado. Parece haberlo tratado, aunque en forma literaria, Edward P. Jones, en su novela histórica The Known World, editada en 2003 y recipiendaria de premios como el National Book Critics Circle Award, el Pulitzer Prize for Fiction o el International IMPAC Dublin Literary Award.
En Las venas abiertas de América latina Eduardo Galeano dice que "De aquellos tiempos coloniales [fines del siglo XVI en Brasil] nace la costumbre, todavía vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los fríjoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente —añade citando a Josué de Castro, Geografía da fome, San Pablo, 1963— se castigaba este "vicio africano" de los niños poniéndoles bozales o colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo."
El siguiente párrafo de Lo femenino y lo sagrado, página 207, de Catherine Clément y Julia Kristeva, proporciona más detalles:
"Pues bien, ¿sabes que los esclavos africanos deportados al Brasil se suicidaban comiendo tierra? No comprendí el verdadero sentido de esta extraña muerte hasta que estuve en Dakar, trabajando con mis estudiantes de la Universidad de Cheikh Anta Diop —¡pues sí!— sobre el objeto transicional según Winnicott. Imposible encontrarlo en la figura de la mantita o el osito de peluche, el objeto transicional en África Occidental podría ser la tierra, que el niño traga alegremente bajo la tierna mirada de las mujeres de la familia. Esta costumbre no sólo está admitida, sino prescrita: para crecer hay que comer tierra. En el exilio mueres con la tierra que no es la tuya. "Come tu Dasein", decía Lacan citando a Heidegger. Hay que comprender que en África el Dasein es "una parte" de la tierra. El blues procede de ahí, como la respiración del canto procede de los abdominales del vientre."
En una litografía del artista francés Jean-Baptiste Debret (1768-1848), quien fue pintor del Emperador de Brasil a principios del siglo XIX, se muestra un esclavo negro llevando un bozal para prevenir el suicidio por ingestión de tierra, y en Internet, www.articlearchives.com, José Gordon escribe sobre el tema fundándose en un artículo de The Geographical Journal de marzo de 1997: "De acuerdo con dos investigadores de la Universidad de Wales en Aberystwyth, Gran Bretaña, la tradición de consumo de la tierra está viva en el trópico africano, en la India, en Jamaica y hay reportes de ella en Arabia Saudita. Ehsan Masood señala que a pesar del advenimiento de religiones modernas y del fin de la esclavitud, comer la tierra no es inusual aunque dicho fenómeno, conocido como geofagia, se confina en los sectores más pobres de la sociedad.
Es, según el artículo referido, práctica común en muchos miembros del reino animal y hay presencia de ella en la prehistoria, hace 40.000 años; se especula que pudiera tratarse de un rito de fertilidad, de absorción de las capacidades reproductivas de la tierra por parte de los seres humanos, unido a la creencia en los mágicos y religiosos poderes de ella. Humboldt registró que en tiempos de inundaciones anuales los Otomanos, a falta de pescados y tortugas, preparaban y comían bolas de entre 12 y 15 centímetros de diámetro amasadas con materiales aluviales. Podían comer a diario medio kilo de tierra para aplacar el hambre, sin efectos nocivos para la salud, al menos en apariencia, pero al contrario, David Livingstone describió y comentó en sus observaciones antropológicas africanas una dolencia característica de esta práctica. El afán compulsivo por comer tierra en las mujeres hindúes propició que se vendiera, a modo de pan, en los bazares. Apunta también Humboldt que las mujeres de Java comían tierra para crecer y mantenerse delgadas en cumplimiento de las exigencias estéticas de aquella sociedad.
Puesto que los dueños de esclavos tenían una gran preocupación por la geofagia, los médicos coloniales se envolvieron en el estudio de sus consecuencias. Los esclavos llevaban, para aliviar dolores gástricos, porciones de tierra —infectada de anquilostomas, gusanos nematelmintos parásitos del hombre con una cápsula bucal provista de dos pares de ganchos que le sirven para fijarse al intestino delgado— en sus viajes trasatlánticos. La persistencia en este hábito deterioraba marcadamente a los individuos, y grandes grupos de negros se excedían en él con la firme creencia que después de la muerte sus almas podrían retornar a sus países nativos, según predicaban sus magos y curanderos. En el año 1687 aproximadamente el 50 por ciento de las muertes entre los esclavos de Jamaica debíase a la ingestión de tierra, la cual producía la enfermedad que se vino en llamar caquexia africana. Los métodos para detener esta "epidemia" podían ser muy duros, incluyendo bozales —como acabamos de ver— y máscaras fuertemente sujetas, cadenas y grilletes, y, con frecuencia, los cadáveres de los fallecidos por esta geomanía eran desmembrados en público para disuadir a los esclavos que creían que un cuerpo mutilado no podía retornar espiritualmente a la madre patria. Muchos buscaban cualidades de sabor, olor, color, suavidad o plasticidad, describiendo las tierras que comían como sabrosas, dulces, saladas, etc., y en ciertos lugares se preparaba cocida u horneada, lo cual tenía la ventaja de que los potenciales parásitos intestinales eran destruidos; en otras ocasiones se usaba como ingrediente para desintoxicar alimentos, y con fines medicinales, contra la sífilis o el beri-beri. Recientemente, en Uganda, ha sido recetada por curanderos para luchar contra el SIDA.
Por otro lado y según últimas investigaciones, entre sus virtudes está la prevención de la dispepsia y la promoción del crecimiento de la microflora intestinal.

No hay comentarios:

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...